martes, 2 de enero de 2018

Consejos para futuras madres.

Si alguien me preguntara cual es el mejor consejo que le daría como mamá,  ¿Qué sería lo más importante que le diría a alguien que quiere serlo? Quizás solo le susurraría al oído: "no tengas hijos..." pero la verdad,  sería injusto y falso.  Podría tal vez darle una especie de lista de consejos o quizás advertencias... pero ¿Por dónde empezaría?

¿Disfrutas dormir? ¡Aprovecha y duerme todo lo que puedas! (este consejo se lo doy casi siempre a mis amigos que van a tener hijos)  Los niños pequeños suelen despertar en la noche (la mayoría) por alguna razón que puede ir desde el hambre o la pipí, hasta monstruos, tormentas y ruidos raros.  Así que habrá que  levantarse a ver que sucede.  Y eso es cuando está pacífico el asunto y son cosas sencillas, porque por otro lado están las enfermedades.  Los resfriados, la tos, la temperatura, las infecciones estomacales y cuando lloran y lloran sin poder explicar que les pasa y no entra en ninguna de las anteriores, ahí si que necesitarás armarte de paciencia para no llorar también tú, además de una dosis extra fuerte de café para funcionar al día siguiente sin haber dormido.

La comida.  Eso que es tan cotidiano para ti como una comida caliente, es un pókemon que las mamás no conocemos.  Además de estarte levantando por cosas, pasas la mitad del tiempo de cada comida diciéndole que se siente y coma bien, enfriándole la comida, además de las ocasiones en las que deberás levantarte intempestivamente por un trapo porque ha derramado el vaso con agua o algo que cause el caos suficiente como para que resulte necesario recoger todo lo que hay en la mesa y limpiar (sin contar la veces que  necesitarás un cambio de ropa para una o más personas...) y por ello acabarás comiendo sola con la comida en esa temperatura tibia-fría a la que te acostumbrarás.

La programación.   Recuerdo la ocasión en la que veíamos una cari de Tinkerbell y al irse ella a jugar, mi esposo me dijo: "pues cámbiale, ¿no?" a lo que yo contesté: "pérame, quiero ver en qué termina..." Él me miró con aire reprobatorio y me dijo: "Antes eras chida, antes veías Mentes Criminales..." Y si, aunque no lo creas, te aprenderás todas las cancioncitas con las que empiezan las caricaturas, sabrás todas las "complicadísimas" tramas de sus programas y te volverás un ser extraño que tus amigos sin hijos no reconocerán y que nunca sabrá de que programas están hablando los demás puesto que solo ves Discovery Kids y Disney Channel.

El baño.  "¿El baño? ¿Qué sucede con el baño?" me dirás, es algo que va de la mano con la palabra privacidad.  Es el último bastión de la casa, la fortaleza de la soledad de Súperman, el único lugar donde siempre es válido cerrar con seguro mientras estás sola adentro.  Y eso, si son lo suficientemente grandes y/o tranquilos para quedarse unos minutos sin que los vigiles.  Y aún así podrás ver  en ocasiones, unos deditos asomándose por debajo de la puerta y una vocecilla preguntando: "¿Estás ahí mamá? ¿Qué estás hashendo?"  ¿Psicosis y su escena del cuchillo?  Pfff ¡Aficionados! ¿Qué saben ellos de terror?  Incluso desarrollé el superpoder de bañarme con los ojos abiertos con todo y champú...

El auto.  Salir siempre incluirá preparación al estilo Boy Scout.  Una cobija por si se duerme, chamarra o suéter por si hace frío, agua, algún snack, su juguete favorito, un cuaderno,  colores, un cambio de ropa extra y mucha paciencia.  Eso si ya es grande, cuando son bebés está peor la cosa.

Hablando de salidas, ¿recuerdas cuando te probabas varias cosas y elegías todo con calma?  Olvídalo,  eso ya no existe.  Ahora primero vestirás y peinarás a un ser mezcla de infante, gato, perezoso, gelatina y caja de sorpresas (Si está de buenas. Si está recién despierto, enfermo o de malas, agrega gritos y llanto)  después, tendrás que ponerte lo que hayas elegido previamente (jajajajajaja) o lo primero que encuentres porque ya será tarde y es hora de salir corriendo.

Claro que la maternidad funciona con todo lo demás que tengas que desarrollar en tu vida.  Siempre y cuando aprendas a vivir durmiendo 4 o 5 horas al día.

Te preguntarás horrorizada, por qué alguien en su sano juicio querría pasar voluntariamente por todo eso, y puedo decirte esto:  Porque es un secreto del gremio.  Nadie te lo dice por su importancia para la supervivencia de la humanidad.

La verdad es que ser madre es increíble.   Es algo que tiene muchísimas facetas, incluso en un solo día.
Les miras crecer, ser cada vez más fuertes, mas independientes.  Cuando son bebés, son la cosa más hermosa que te puedes imaginar.  Poseen un aroma delicioso y las mas bellas sonrisas capaces de restaurar tus fuerzas y hacer que se te olvide el sueño y el cansancio.  Cuando se enferman y por fin se recuperan, no dejan de sorprenderte por su fortaleza, y nada importa lo duro que haya sido ese tiempo, al sentir su bienestar y ver un termómetro marcar esos 36ºC por los que suplicabas cada 5 segundos.

Comienzas a verlos cuando gatean, cuando se incorporan y dan sus primeros pasos o cuando dicen su primera palabra.  En ese justo momento cuando el estúpido celular y/o cámara están en la dimensión desconocida, bloqueados, apagados, sin pila o todas las anteriores y solo te queda alzarlos en brazos y llenarlos de besos mientras ríes boba e inmensamente feliz.

Cuando llega el día que van por primera vez a la escuela, y pasas días preparando todo para ese momento; su uniforme, la lonchera llena de lo que le gusta (y si eres como yo, le pondrás comida como para irse dos días de casa) y estarás días sin dormir, preguntándote si alguien será capaz de cuidarle como tú lo haces.  Y entonces llegará el primer día de clases y le verás irse caminando hacia esa puerta y jurarás que nunca te habías dado cuenta de lo pequeño (a) que aún es, preocupándote de si llorará, cuando en realidad eres tú la que a duras penas contiene el llanto.

Y luego comenzará a platicar, a preguntarte de todo, en los momentos más inapropiados por cierto, pero las risas nunca faltarán.  Llegará a tu cama a las 6:00 de la mañana los fines de semana (aunque los días de escuela requiera de una grúa para levantarse) y te dirá "Hola mamá, tuve un sueño muy lindo ¿tú que soñaste? Tengo hambre..."

Jugarán juntos, irán de paseo.  Bailarán como locos por toda la casa.  Le mirarás aprender tantas cosas y no dejarás de sorprenderte por todo lo que ya puede hacer sin tu ayuda.

Le llevarás a dormir cada noche y mientras se encuentran acurrucados después del cuento, te mirará como nadie jamás lo hará en este mundo para decirte como si nada: "te quiero mucho, mamá..."  mientras sientes como tu corazón se derrite de amor.

Aprenderás que no existe nada más mágico y curativo que tus besos y tus abrazos, que siempre necesitará de tu amor y si tienes suerte algún día le escucharás hablando de ti con sus amigos, sin darse cuenta de que le escuchas, diciendo "Es mi mamá" con un orgullo inmenso como si nada más en este universo necesitara explicarse.

Terminarás los días de su niñez pasando a su habitación a ver como está antes de acostarte.  Le arroparás de nuevo, y dándole un beso en ese hermoso rostro que ilustra lo que es la perfección, te escucharás decirle "Buenas noches amor mío, duerme tranquilo y ten sueños felices. Te amo. Gracias por haber llegado a mi vida". Y entonces sabrás por qué decidiste un día ser madre.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Como todos los días.

Cierro mi libro y me pongo las sandalias, es hora de preparar el baño.  En el momento en el tengo listo todo, te aviso y tú, como todos los días, corres y te ríes para ganar tiempo, para evitar que te desvista.  Cuando al fin lo logramos, juegas con tus juguetes en la bañera y platicas desde allá.  Voy a bañarte y te dejo "Otro ratito pequeñito, shi?" para que te diviertas en la bañera unos minutos más. No puedo evitarlo, esa frase me desarma todos los días.

Después de un rato, la mamá de a de veras, la que se preocupa, dice que ya es hora de salir de la bañera y entonces el amor de tu vida va y te saca para llevarte a tu habitación envuelta en toallas, ¡Cómo amas a ese padre tuyo...!
Después de la pijama, viene la hora del cuento.  "Yo lo escojo" dices y saltas al pequeño librero a buscar uno mientras yo cruzo los dedos pensando "Que no sea el papá mago, que no sea el papá mago...", pero si, casi siempre es "Si tienes un papá mago".

Me acuesto contigo en los brazos y comienzo a leerte y veo como cada vez preguntas más cosas, cómo te concentras en los detalles.  Cada noche eres un poco más grande.
Comienzas a quedarte dormida pero no olvidas decir tu parte al final, cuando decimos: "colorín, colorado, este cuento... ¡se ha acabado!" Entonces volteas y como todos los días,  me dices: "Te puedes quedar otro ratito pequeñito, shi? y por supuesto que me acomodo y te abrazo.  ¿Quién podría decirte que no? ¿Quién se resistiría a tenerte abrazada mientras comienzas a quedarte dormida? ¿Quién no daría todo por oler tu cabello recién lavado y acariciar tu nariz?

Apagas la luz y regresas a mis brazos.  Nos quedamos en silencio, tú durmiéndote y yo embelesada contemplándote.  Miro tu rostro tranquilo, acaricio tu cabeza, tus mejillas y entonces puedo ser testigo inmediato de la perfección, yace frente a mis ojos.  Y al igual que todas las madres, pienso que eres lo más hermoso que hay en este mundo, como todos los días.

Te beso en la mejilla,  y susurro las palabras mágicas que te doy cada noche, copiando al papá mago: "Te amo, gracias por llegar, por existir.  Descansa y ten sueños felices y divertidos"  Casi siempre sonríes aunque estés dormida.
Salgo en silencio iluminada por ese momento, inmensamente feliz por el día de tu llegada, admirada de que estés en mi vida. Si, así como todos los días.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Lustrando zapatos

Es de noche y como todas las noches, soy el duende noctámbulo que realiza tareas pendientes mientras los demás duermen como personas normales.   Hoy en particular, estoy lustrando los zapatos de mi pequeña hija.  Los miro y pienso: "No tienen ni tres meses y hay que ver como están..."  Tomo uno de los diminutos zapatos y lo pongo en mi mano para verlo, apenas ocupa ese espacio.  Negros, con un moño del mismo material a un lado y su correa de velcro con la pura intención de que se los quite y se los ponga sola.  La punta completamente despintada como suelen ser los zapatos de los niños de su edad que juegan, corren y se arrastran.  Y por supuesto, llenos de tierra y una sustancia pegajosa que prefiero no averiguar qué es.

Los limpio con un trapo primero y entonces lo recuerdo:   Siempre me ha gustado lustrar zapatos.  Bueno, no sé que tan correcta es esa expresión, no sé si es que me gusta lustrar zapatos o que me gustaba lustrar sus zapatos. 

Mi padre fue quien me enseñó a lustrarlos.  Teníamos en casa un cajón de bolero de madera con el asa cuya forma era adecuada para que alguien pusiera su pie mientras le lustraban el calzado puesto y dentro, brochas, ceras, cepillos y trapos.  Aún puedo sentir el olor de ese cajón.    Recuerdo sus Florsheim, tenía varios, de muchos colores: verdes, guindas, negros, cafés... y sus botines.  Primero, había que limpiarlos con el trapo, y tomar la lata con la cera del color adecuado y la brocha correspondiente.  Se ponía una cantidad adecuada y con el cepillo comenzabas a frotarlos para darles brillo.  Algunos requerían además un poco de cera de color neutro para acentuar el brillo y al final, después del segundo cepillo, venía el trapo y a darle hasta que rechinara... eso significaba que ya estaban brillantes.

Pero no era la lustrada, era estar cerca de él.  Siempre trabajó demasiado y a veces llegaba muy tarde en la noche, así que yo tenía un ritual que me garantizaba que me dejaran disfrutar un rato más de su presencia: le hacía su café colado en una tetera de porcelana, lustraba sus zapatos y luego se los quitaba para darle un masaje a sus pies.  Qué curioso recordar todo eso...

Casi ninguno de mis zapatos requiere ser lustrado de esa manera, de hecho casi nunca lustro zapatos ya y quizás sea por eso que creo que más bien era solo con los suyos, que era una forma de expresarle cuanto lo amo.  No suelo expresarlo muy seguido de manera verbal.  Así las cosas.

Y vuelvo a la cocina, mientras limpio esos pequeños zapatos y tomo la cera líquida para darles una manita de gato, mientras me sonrío pensando que mi papá jamás aprobaría el uso de ella, ninguno de sus zapatos usó cera líquida.  Cubro todos los raspones y parte de la suela y listo, parecen casi nuevos, preparados para la nueva aventura que aquella princesa traviesa tendrá en la escuela.  Apago la luz y voy a la cama sintiendo el olor de la cera de nuestro cajoncito de bolero.