lunes, 13 de enero de 2020

Desde que te fuiste

Desde que te fuiste, parece que te hubieras llevado mis palabras contigo.  A veces, las siento atoradas en el fondo de mi garganta, refugiadas en el silencio, temerosas de continuar sin ti.  Otras veces, deambulan por mi mente, deformes, quebradas y unidas sin sentido.

Una parte de mí quiere seguir adelante, soltarte y ya no pensar tanto en ti, alejarse del dolor que le provoca tu ausencia, pero otra, la más terca, la que más se te parece, insiste en pensar en ti, en tenerte presente en los detalles, en olvidar de pronto que ya no estás.

De pronto, todo parece normal, un día cualquiera y hasta hablo contigo.  Te digo lo que pienso, lo repaso para cuando te vea y entonces recuerdo que no puedo, que te has ido para siempre y las palabras se quedan en el viento, extraviadas, sin saber o tener a dónde ir.

¿Será que llegará el día en que no duela tu recuerdo?  ¿Es posible que tu memoria llegue y solo produzca sonrisa y no esa extraña nostalgia? Nostalgia...recuerdos que producen dolor en el alma.
Quizás sea que con quien tengo que reconciliarme es conmigo, perdonarme por todo el tiempo desperdiciado, por todas las llamadas que pude haberte hecho y por las que no debí haber apurado, por todos esos cafés que por prisa no me tomé contigo. Creo que tal vez tú sí sepas que cada uno de ellos que tomo en silencio, es una conversación que tenemos y que pienso en ti cada vez que  se me enfría el café.

martes, 9 de julio de 2019

Lo que la fotografía comunica.

Guatemala, 1982, Pedro Valtierra, AFPV
Siempre me ha gustado la fotografía. Irónicamente, mi conocimiento sobre ese tópico es casi nulo, inversamente proporcional a mi deseo de aprender. Curiosamente, en este tiempo, el avance tecnológico nos ha proporcionado una cámara de relativa calidad en nuestro teléfono y así vamos fotografiando todo y nada cada día. Y es quizás ese acceso, lo que no siempre nos permite apreciar el arte fotográfico profesional.

Alguna vez me dijeron, que el asunto de la fotografía es lo que comunica. Que una foto debe comunicar en sí misma, sin requerir de mayor explicación. Y en un principio, no lo comprendí por completo. Siempre me he expresado con palabras, soy una persona de palabras y no podía entender a plenitud como podrían ser innecesarias en un caso específico.

Sin embargo, hace unos días tuve la fortuna de contemplar la exposición de Pedro Valtierra en un museo de Tijuana.  Sus fotografías no eran otra cosa que la cotidianidad y la crudeza convertida en arte.  Y entonces entendí lo que mi amiga fotógrafa me dijera en esa ocasión.  La fotografía, la buena fotografía, comunica por sí sola. Y vaya que hablaba.

Caminé lentamente, deteniéndome  frente a cada una de ellas.  Muchas, una gran mayoría, eran crónicas de guerrillas centroamericanas y pude ver a jóvenes hermosas vestidas con un remedo de uniforme, armadas con ametralladoras, chiquillos presumiendo sus armas, orgullosos. Niños jugando a la guerra.  Me estremecí. Las historias de mi padre salvadoreño me dolieron aún más.

Ví gente caminando junto a tanques de guerra, vi la pobreza retratada, la desolación, la fe ciega, la ira, la desesperación, rostros mudos gritando la injusticia vivida. Y hubo dos que me hicieron quedarme un largo rato mirándolas.  
En ambas aparecían niños.  En la primera, un grupo de niños en un campo de refugiados de Guatemala, jugaban, hacían acrobacias y reían.  En la otra, se veía a una pequeña niña de pie mientras el brazo de una mujer la rodeaba sobre el hombro protegiéndola.  Aún en medio del caos y la desolación, esa niña se sentía segura en los brazos de ella, quizás su madre, quizás su abuela.
Y esto me hizo pensar en lo que es ser niño.  La infancia, junto con su inocencia, es una de las pocas cosas que sobreviven más tiempo a la adversidad.  Y Pedro Valtierra pudo capturarlo en ese instante llamado foto.

Ahora tengo un plan en puerta.  En cuestión de un mes comenzaré a estudiar fotografía.  Es algo que siempre he querido hacer y que me une a mi padre a la distancia.  Y sí, sueño con poder aprender a atrapar instantes, a comunicar la belleza de lo cotidiano y compartir el mundo que veo con los demás, mientras se detienen un momento a contemplar eso que la cámara roba y congela en un cuadro.

sábado, 1 de junio de 2019

Parece que va a llover.


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“Parece que va a llover” recuerdo haber dicho apenas en un susurro, mientras veía distraída por la ventana. Sentí su mirada en silencio a mis espaldas. -“¿Lo crees?” preguntó intentando sonar casual. -“Las nubes corren en el cielo. Quizás no llueva después de todo.”añadió. -“Huele a humedad…” murmuré. Seguimos en silencio.
No sé exactamente cuánto tiempo había pasado. Era ya casi la hora del atardecer, todo se tornaba naranja y la oscuridad comenzaba a acercarse.

 -¿Me dirás ya lo qué sucede?- dijo tratando de parecer sereno. Negué con la cabeza. ¿Cómo empezar? ¿Cómo decírselo?. Me voltee hacia él. Había estado evitando mirarle, sus ojos siempre parecían traspasarme, podía leerme con claridad, como a su libro favorito. Acerqué mi mano hacia la suya y con un suave movimiento la tomó entre las suyas.

 -Dímelo, dímelo por favor. No puedo hacer nada si no hablas. Sabes cómo funciono, necesito tener el control de las cosas.
 -No puedes ahora. No depende de ti.-Me aclaré la garganta. -¿Recuerdas cómo inició todo? ¿Nuestras charlas?
 - Sí. lo recuerdo bien. -respondió.

Volví a guardar silencio. Miraba por la ventana de nuevo. El ocaso era tan parecido a aquella primera vez. Recordé las bromas, los suspiros, los besos. Había pasado tanto tiempo ya. No era nuestro primer rodeo y sin embargo, habíamos sido tan niños, tan crédulos, tan idealistas.

Al principio, solo eran charlas. Teníamos tantas cosas en común: gustos, aficiones, libros, películas. Y todo fue en aumento. Cada día descubríamos más del otro. Aprendió a conocerme. Me volví un libro abierto para él.  Decía las cosas que pensaba, incluso antes de que yo las verbalizara. A mí me costaba un poco más de trabajo, pero siempre fui más crédula, más torpe, quizás.
Y entonces, llegó el momento en el que todo estaba perdido, ése en el que ya me había enamorado de él.

 Pero en este punto, estábamos completamente perdidos. Parados al filo del abismo, sin poder saltar y empecinados en no dar un paso atrás. Simplemente ahí, de pie al precipicio, anonadados por la vista. Tercos robándole un instante al tiempo.

 -Adiós, amor mío. Es todo lo que puedo decirte.- Balbuceé como una niña pequeña que sabe lo que debe hacer pero no quiere. Abrí la puerta del auto y al salir, sentí las primeras gotas de lluvia caer sobre mí.
 -¿Lo sabes? -Pregunté, mirándole fijamente.
 -Lo sé. dijo en voz baja. - Y tú, ¿Lo sabes?-
 -Sí. Lo sé...  ves, te lo dije- murmuré con una sonrisa a medias con las palmas de las manos extendidas. -Te dije que llovería-

Levanté la mano para despedirme y comencé a caminar lentamente bajo el agua que comenzaba a arreciar, alejándome mientras mis lágrimas se mezclaban con las gotas de lluvia en aquella última tarde de otoño.