domingo, 3 de abril de 2022

Claros de luna.


Otra noche que me preparo para dormir.  Quiero escaparme a los sueños pero aún no estoy segura de lo que quiero encontrar.  Hace tiempo que no paseo por los bosques de mi psique y dejé olvidada en alguna noche de luna llena mi linterna.  Creí que no la necesitaría de nuevo, pero heme aquí caminando a tientas buscando claros en medio de la noche inmensa.

Siento como el cansancio me lleva a ese lugar entre la consciencia y el sueño hasta que, de pronto, escucho pisadas detrás de mí.   No tengo miedo, sé de quién son.  Reconozco el ritmo, el paso, la respiración y sobre todo, el aroma...  Ahora solo espero la voz.

Sigo avanzando, deseando volver mi rostro, pero temo convertirme o que te conviertas en una estatua de sal, así que hablo.  Hablo mucho, pero eso ya lo sabes.  Tú tenías tu método para callarme. 

Te acercas a mí y siento tu pelaje en mis corvas.   Bajo mi mano y acaricio tu lomo.  Me guías al claro, al mismo claro de siempre.   Sentada en el árbol muerto de los sueños que quedaron pendientes, me atrevo a mirarte.

Ya no hablamos, solo miro tus ojos de lobo y tú... tú te sumerges en mis negros ojos.  Nadas en ellos mientras yo me robo la luz de la luna y una que otra estrella pequeña para sobrevivir mañana.  Me quedo dormida mientras te acurrucas como un ovillo en mi corazón.

¿Qué será de todas esas lunas? Las que nos robamos y las que nos quedaron pendientes... ¿Qué se hace con todo esto que llevo dentro?  ¿Se pueden borrar las huellas del lobo? ¿Acaso quiero hacerlo?

Me abrazas en sueños, donde las cosas pueden existir sin hacer daño.  Donde sigue habiendo lunas.  Donde los lobos cuidan a pequeñas hadas perdidas y donde pueden hacerse el amor toda la noche y despedirse al alba.

Buenas noches, Lobo.

Buenas noches, Hada...

domingo, 21 de junio de 2020

Nuestra última fotografía.

Sé que no te gustaba tomarte fotos, aunque nunca entendí muy bien por qué.  Recuerdo muchas de las tuyas, de niño y de cuando eras joven, pero en algún momento, dejaste de hacerlo.  A veces pienso que no te gustaba ver cómo los años pasaban por tu rostro.  La verdad, nunca te pregunté, no porque no quisiera hacerlo, simplemente no lo consideré necesario.  De hecho, hay tantas cosas que nunca te pregunté y ahora lamento no haberlo hecho.

Sin embargo, recuerdo que aceptaste tomarte una foto.  Fuimos todos a cenar.  Ese día fue uno de los más accidentados que he tenido.  Literalmente. Te llevaste a mi hija por un helado sin avisar y casi morí del susto, recuerdo lo mal que te sentiste y cuantas veces te disculpaste.  No era necesario, ella estaba feliz de haber ido de paseo con su abuelo.
Más tarde fuimos al teatro y gracias a mis “hábiles” pies y a los saltos de tu nieta, rodé por las escaleras a media función. Medio teatro se dio cuenta de mi caída, además de acabar en ropa interior delante del paramédico.  ¡Qué vergüenza!

Salimos y seguiste disculpándote, no había caso, solo fue el susto. Para limar asperezas (te regañó todo el mundo…) fuimos a cenar a una pizzería.   Para tu nieta, todo fue fiesta y risas ese día.  Nos reímos al recordar todo el estrés, nada pasó y todo fue solo una anécdota.  Para recordar ese dia, dije: “¡Vamos a tomarnos una foto!” y pronto nos acomodamos para la clásica selfie.  Tengo dos fotos de ese día: una con todos juntos y ésta otra, solo tu nieta, tú y yo.  Es nuestra última foto juntos.  En ese momento, no pensé ni remotamente que sería en verdad la última que tendríamos.  Hace días la encontré y no pude evitar las lágrimas.  ¡Dios, a veces no soy consciente de cuánto te extraño!  Sin embargo, es increíble el poder que guarda una imagen, y lo valioso que es poder capturar esos momentos para preservar una memoria que no sabemos si será la última.

domingo, 10 de mayo de 2020

¿Qué recuerdo tienes de tu mamá?


¿Qué recuerdas de tu madre? ¿Cuál es la memoria que más atesoras?  Yo tengo varias: las idas al parque con las bicis, la pizza y flan el día de mi cumpleaños y tantas más.  Pero hoy recordé algo que me conmovió mucho. 
Cuando mi abuelo estaba internado en el hospital por un cáncer terminal muy fuerte, ella iba algunos días a cuidarlo.  Uno de esos, venía regresando y yo veía en su rostro la tristeza y el cansancio.  Lo entendía, como lo entiende alguien de nueve años, quizás no por completo, pero sabes que tu madre está triste.
En medio de todo lo que atormentaba su cabeza y su corazón, comenzó a sacar algunas cosas de su bolso.  Y de pronto, ví un gesto de alegría fugaz que se apagaba y se convertía en una mueca de decepción en un instante.
Sacó con cuidado un pequeño vaso desechable que tenía dentro un pequeño pollito hecho con pompones.  Los había visto en la entrada del metro de regreso y lo compro para mí.  Le entristecía, porque el vaso que le habían puesto a modo de escaparate se había rajado por los apretujones en el metro en hora pico.
A mí se me hizo muy lindo y solo le quitamos el vaso roto y se quedó durante mucho tiempo en mi escritorio.  Ahora que lo pienso eso es lo que me sorprende de ella, siempre tiene tiempo para pensar en los demás.  Es generosa, y ama profundamente a los suyos. Y aún ahora a donde sea que vaya, siempre me trae algo.  Grande o pequeño, no importa, sé que dónde sea que esté, ella piensa en mí.
Y también ha demostrado que daría su vida por defenderme. 

Todo mundo piensa que su madre es la mejor del mundo y yo no soy la excepción.
Todo lo que sé acerca de ser madre, lo aprendí de ella.  Y mi corazón la ama profundamente aunque a veces cometo el error de no decírselo con frecuencia.
Sin embargo, este día es un pretexto perfecto para hacerlo.

Mami, gracias por ser lo que eres en mi vida, por luchar siempre por mí y por ese amor tan inmenso que hay en tu corazón.  Te amo con todo el mío.  Gracias a Dios y a la vida por ti.