lunes, 31 de diciembre de 2018

Verano

No soy una persona de verano, no es ni remotamente mi estación predilecta y sin embargo, daría todo porque fuera otra vez verano.
Quiero las risas en la playa, en tus brazos lanzándome al agua y los campamentos junto al río.
Correr todo el día y jugar con mis pies en el agua, cobijada por tu mirada que me cuida. Perseguir luciérnagas y escuchar tus historias mezcladas con el chirriar de los grillos y las chicharras.
Verte prender tu lámpara de campamento, hipnotizada por su luz naranja.

Que vuelvan los días soleados de fin de semana y desayunos felices; parada en el marco de la cocina, mirándote silbar  mientras haces plátanos fritos y comienzas a cantar cuando te das cuenta de mi presencia.
Los días de campo en el parque, sentado leyendo el periódico dominical para saludarte cada vez que completo una vuelta en bicicleta.
Tu café por las noches, los viajes en carretera, tu ayuda con las tareas, el pantógrafo y tus Prismacolor.

Anhelo de vuelta el verano de tu vida, ser otra vez una niña, solo para que tú seas joven de nuevo y pasear otra vez de tu mano mientras me enseñas cosas nuevas cada día.

martes, 13 de noviembre de 2018

Maslan

Siempre he amado la docencia.  Fue de esas cosas que sabes de toda la vida, desde que era muy pequeña lo tuve claro.  Una de las razones por las que amo la enseñanza es porque cada día suele ser completamente distinto. 
Entre los privilegios que tengo como maestra, uno de los más  increíbles es la confianza que alguien puede tenerte para  compartir algo muy personal, algo que habían guardado mucho tiempo,  que les duele o les preocupa.  Es una responsabilidad enorme y sobre todo un gran aprendizaje, además, siempre hay una lección guardada para mí.  Ellos me transfieren algo de sus vidas sin darse cuenta. Las mejores lecciones son aquellas que trabajan mi humildad.
Y este día recibí una muy buena.

Hace unos días tuvimos un ejercicio de escritura donde debían presentarse y compartir una anécdota y hoy algunos voluntarios leyeron su escrito en voz alta.  Entonces sucedió que Marian, una alumna que pocas veces participa compartiendo sus producciones, levantó la mano:  "Maestra, yo quiero leer lo mío".  Algunos de sus compañeros dijeron "¡Sí.  Que Maslan lea!" Yo asentí para que leyera no sin antes comentar a modo de broma "¡Ay, ustedes y su costumbre de andar cambiándose el nombre! Ven que uno a duras penas puede con tanto nombre y ustedes quieren que me aprenda otros." Me reí.  Suelo bromear mucho con el grupo.  Ella sonrió y comenzó a leer.  Dijo su nombre completo y como a lo largo de su vida había pasado por situaciones difíciles. Cómo sus compañeros usaban su nombre para burlarse de ella y el acoso escolar por el que pasó.  Y fue entonces cuando lo conoció.  Aquel amigo especial cuyo nombre titulaba su escrito.  El que le fortaleció y le ayudó a encontrarse, a reconciliarse consigo.  Narró eventos tristes de su vida en los que él le sirvió de sostén, de enseñanza y fue quien precisamente le dió el nombre de Maslan.

Pasaría un tiempo antes de que ella supiera lo enfermo que él estaba.  Leucemia. Nunca lo habría imaginado después de recibir tanto ánimo de su parte.  Finalmente falleció, sin embargo, ella le hizo una promesa: "Si algún día logro triunfar en el campo del arte, el nombre con el que seré conocida será Maslan." Suspiró, se enjugó las lágrimas y concluyó su lectura.  El grupo permaneció en silencio al igual que yo.  Necesité unos segundos para recomponerme y limpiar mis lágrimas.
¡Qué hermosa lección de humildad acababa de recibir! ¡Qué excelente recordatorio de lo que significa ser maestra!  Levanté mis ojos hasta la última fila donde ella estaba sentada y sonriendo, solo pude decir: "De ahora en adelante, siempre te llamaré Maslan."

lunes, 1 de octubre de 2018

En un café.

No pude evitar quedarme más tiempo del que tenía planeado, el cual por cierto, era mucho más del que podía y sobre todo, del que hubiera sido adecuado.  Sin embargo, mi malsana curiosidad me obligó a pedir un tercer café como pretexto para alargar mi estancia en el local y poder seguir viéndola.

Tenía delante de sí una taza de alguna bebida que en algún momento estuvo caliente pero que por puro cálculo se sabía que tenía rato de haber rebasado el tibio-frío.  Sentada en una esquina de la terraza, protegida con un abrigo marrón y un sombrero de fieltro, miraba ausente hacia el horizonte. Una libreta y sobre ella, una mano inerte sosteniendo una pluma quieta, desde hacía horas me tenían por completo intrigado.
¿Qué estaría pensando? ¿A quién esperaba con la mirada perdida en la nada? ¿Qué deseaba escribir en esa hoja en blanco?

El ocaso fue llegando y la mujer de pronto bajaba la mirada a la hoja de papel y su mano, temblaba ligeramente, como si temiera escribir esas palabras que le atormentaban los dedos, para finalmente dejarla reposar nuevamente sobre su mano y volver la vista al infinito.
Y de esta forma había pasado toda la tarde; viéndola intentar escribir algo para perderse de nuevo en su mente, en sus recuerdos.

Miré el reloj y no pude evitar una exclamación al mirar lo tarde que era.  Llamé al mesero para pedir la cuenta.  Creo que mi curiosidad no pasó desadvertida puesto que me dijo, mientras me entregaba la pequeña charola con la nota, lo que pensaba que yo quería saber: "Viene todos los viernes sin falta.  Todos. Tendrá quizás un año o casi.   No ha hablado con nadie, salvo la vez que ponía las monedas para pagar su té en mi mano y murmuraba:  "Pronto se cumplirá el tiempo. Casi es el empate.  Y entonces nunca más vendré."

Le miré con desaprobación.  Sentí una invasión salvaje a todas las ideas e historias que mi cabeza había estado inventando durante las últimas dos horas.  Intentó continuar: "La gente dice que espera a alguien.  Dicen que se casarían en esa iglesia..." Mirándole con un dejo de fastidio corté su plática, "- ¿Podría hacerme el favor de no meterme en esto, joven? No quiero saber nada de lo que los demás dicen.  Y ella, dudo que ella quiera contarme," - le dije cortante.  Pagué mi cuenta y me levanté enseguida. No quería saber más, ni ver nada.  Y tampoco tenía tiempo para hacerlo, debo confesar.

Me cerré el abrigo y me envolví con la bufanda para comenzar a caminar con paso veloz, deteniendo mi sombrero atacado por el viento.  Me fui caminando solo, perdido en mis pensamientos y sabiendo que por más que corriera, no llegaría a tiempo a mi compromiso.
La cabeza me daba vuelta llena de preguntas sin respuesta: ¿A qué tiempo se refería?  ¿Por qué un empate? ¿Quiénes eran? ¿Qué esperaba? ¿Qué era lo que quería escribir y sobre todo, que se lo impedía?  Me paré en seco.  Tenía que saberlo.

Regresé corriendo al café y la vi levantarse poniendo algo en la mano del mesero y dejando una hoja en la mesa.   Me acerqué por fuera a la terraza con la sucia intención de tomar la hoja y ver si había escrito algo.  Inexplicablemente, el corazón me palpitó al ver unas cuantas líneas de lejos y extendiendo la mano, intenté infructuosamente arrebatarle la hoja al viento.  La perseguí un poco, cual niño bobo tras de un globo hasta que cayó en la fuente arruinándose por completo.  "¡Increíble que sigan usando plumas fuentes!" -murmuré entre dientes.  La hoja se volvió un solo manchón y cuando volví la vista hacia aquel lugar, no quedaba ni rastro de la mujer.

Decepcionado, metí mis manos en los bolsillos y empecé a caminar.  "Estúpido café, no volveré por aquí nunca." - me dije mientras caminaba creando en mi mente mil historias posibles, buscando al menos una que encajara con las posibles palabras que el agua había convertido en una mancha negra.